La llegada del año nuevo es ocasión para reflexionar sobre los profundos cambios que definen nuestro tiempo. El siglo XX concluyó de forma prematura y brutal con el derrumbe del Muro de Berlín en 1989 y la consecuente desaparición del campo socialista que giraba en torno al eje soviético. No obstante, el fin de la guerra fría y el triunfo del capitalismo no significaron el advenimiento de una nueva era de paz y concordia entre las naciones. Pronto sonaron voces de alarma que anticipaban  El fin de la Historia y el último hombre” y “El choque de las civilizaciones”.

El nuevo siglo amaneció bajo el impacto de los actos terroristas del 9/11 y que pusieron al descubierto los riesgos de postergar la búsqueda de soluciones a los profundos desequilibrios y tensiones políticas del Medio Oriente. Hoy, Daniel Barenboim, el director de orquesta hispano-argentino, en un artículo en El País formula al respecto tres deseos para el 2009, sobre los que vale la pena reflexionar:

El primero de ellos es que el Gobierno israelí se dé cuenta de una vez por todas de que el conflicto en Oriente Próximo no puede ser resuelto por la vía militar. El segundo es para que Hamás tenga presente que sus intereses no se imponen con la violencia, y que Israel está aquí para quedarse. El tercero es para que el mundo reconozca que este conflicto no tiene parangón en la Historia. Es complejo y delicado; es un conflicto humano entre dos personas profundamente convencidas de su derecho a vivir en el mismo y minúsculo pedazo de tierra. Es por esto que ninguna diplomacia o acción militar puede resolver este conflicto”.

El fin de 2008 y el inicio de este 2009 tan incierto, coinciden con la explosión de la recesión económica global y la crisis del capitalismo, ambos fenómenos explicados brillantemente por Jacques Attali en su último libro y que recomiendo ampliamente a todos aquellos que dominan la lengua de Molière: La crise, et après?

Según Attalí, esta primera crisis financiera en la era de la globalización se explica principalmente por la incapacidad de la sociedad americana para generar salarios adecuados para las clases medias, empujándolas al endeudamiento para financiar sus bienes muebles y provocando un crecimiento artificial de su patrimonio y de la producción. Mientras tanto, las instituciones financieras y los especuladores a través de mecanismos financieros novedosos (CDS), de ventas a futuro y reaseguramientos incrementaron exponencialmente su riqueza sin correr ningún riesgo. Así, nos recuerda Attalí, se produjo una escalada monumental de endeudamiento que acabó siendo intolerable y que derivó en la pérdida de confianza y el consecuente pánico en los mercados financieros e inmobiliarios. Según el autor, esta situación puede desembocar en una recesión planetaria de consecuencias impredecibles o, por el contrario, constituir el punto de partida de un crecimiento armonioso. Esto último supondría una reducción real de los endeudamientos y no solamente su transferencia a los contribuyentes. Ello exige establecer un nuevo equilibrio en las reglas del juego capitalista a escala mundial y sujetar los mercados a las reglas de la democracia moderna. En otras palabras regular los mercados por medio del derecho y no solamente por el afán de lucro. Todavía es tiempo de prevenir una avalancha. Es el tiempo de actuar nos dice Attalí.

Quienes nos formamos en el siglo XX y tenemos el privilegio de vivir en esta época tan compleja, y no por ello menos fascinante, debiéramos recordar que los períodos de transición suelen ser agitados e inciertos. Por ejemplo, al escritor y diplomático francés François-René de Chateaubriand le tocó transitar del siglo XVIII al XIX y presenciar en su vida acontecimientos no menos dramáticos que los actuales: la Revolución Francesa, el ascenso de Bonaparte y el desmoronamiento de su imperio, la Restauración Monárquica, la Revolución de 1830 y la extinción de su vida en 1848, coincidiendo con el inicio de la Revolución Industrial. Chataeaubriand describió magistralmente en sus Memorias de ultratumba, publicadas en 1837, lo que puede sentir un hombre de dos siglos:

« Je me suis rencontré entre deux siècles comme au confluent de deux fleuves ; j’ai plongé dans leurs eaux troublées, m’éloignant à regret du vieux rivage où je suis né, nageant avec espérance vers la rive inconnue où vont aborder les générations nouvelles »

 

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