Robert Kagan, uno de los ideólogos conservadores más importantes de Estados Unidos, en su reciente libro “The Return of History and the End of Dreams”, nos dice que el mundo ha vuelto a la normalidad una vez disipadas las esperanzas de paz, concordia y progreso compartido que surgieron al fin del la Guerra Fría, tras la caída del muro de Berlín. Así, se han desvanecido los sueños que apuntaban hacia la construcción de un nuevo orden internacional, la desaparición de los conflictos ideológicos y la progresiva liberación del comercio y de las comunicaciones. En esta lógica, el mundo no se transformó y Estados Unidos continúa siendo la única superpotencia aunque ha regresado la competencia por el poder protagonizada ahora por Rusia, China, Europa, India e Irán y –desde luego – Estados Unidos.

La disputa por espacios de influencia ha vuelto al centro de las relaciones internacionales y ha regresado lo que Kagan llama –fiel a sus prejuicios ideológicos- la “competencia entre las democracias liberales y los regímenes autocráticos”. Kagan fue uno de los llamados “neocons” que se equivocó rotundamente al aconsejar en Estados Unidos el fiasco intervencionista en Iraq y, aún cuando en su libro aparecen nuevamente concepciones polémicas en torno al reto que representa para Occidente el fundamentalismo islamista, el autor acierta al reconocer que hoy en día el Estado-Nación se ha fortalecido. No obstante y a pesar de aceptar que el pensamiento liberal cometió el error de suponer que un nuevo orden internacional surgiría del “triunfo de las ideas y del natural desarrollo del progreso humano”, persiste en el equivoco de pensar que la democracia puede imponerse desde el exterior.

Felipe González, por su parte, en un reciente artículo publicado en El País sobre las expectativas que han se abierto con la llegada de Obama al poder, nos dice que “Estados Unidos es, y va a seguir siendo, la primera potencia del mundo, y como tal seguirá teniendo intereses y prioridades globales. Pero la dimensión y complejidad de las crisis que atravesamos hacen imposible que EE UU pueda afrontarlas en solitario. Esto marca el fin de un unilateralismo que ha agravado la situación en todo el mundo”. En otras palabras, creo que estamos en la puerta de un nuevo orden global. Atrás quedan los sueños liberales que anticipaban el fin de la historia, apostaron a la hegemonía global de un orden unipolar y fincaron en el mercado sus expectativas de crecimiento y desarrollo.

Esta “vuelta a la normalidad” en medio de la crisis económica internacional generalizada ha demostrado que el Estado es insustituible en su papel regulador de los procesos económicos. Ha demostrado también que ninguna nación, por poderosa sea, tiene hoy en día la capacidad de imponer a los demás su visión del mundo y de hacer prevalecer unilateralmente sus intereses.  Desde esta perspectiva, “el regreso a la normalidad” puede ser positivo ya que las realidades de nuestra época exigen reconocer que la cooperación internacional es indispensable como alternativa a la política del poder, y es la única capaz de construir una respuesta articulada y eficaz frente a la primera gran crisis de la globalización.

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