Con toda franqueza no me sorprende que el Premio Nobel de la Paz – adjudicado ayer al Presidente de Estados Unidos – haya desencadenado tal polémica, como bien lo relata el Times: Barack Obama’s peace prize starts a fight. No cabe duda que la derecha norteamericana resintió el premio como una bofetada, tal como lo comenta Carlos Fuentes en su artículo de hoy en Reforma: Un premio merecido. Fuentes agrega en su escrito que las complejas realidades de la actualidad internacional no encuentran ni encontrarán por ahora una solución final y agrega: “… son parte de un mundo en evolución constante. Esto es lo que Obama ha entendido. En vez de aplicarle al mundo un cancel de fierro concebido por y para una sola nación, los Estados Unidos de América, Obama admite la diversidad política, económica y cultural de los demás y ofrece tratar con ella, dialogar y negociar en vez de dictar e invadir. ¿No es este un cambio fundamental de las relaciones exteriores? ¿Y no merece su iniciador, Barack Obama, un premio por lo ya logrado que es también un incentivo para lo que aún falta?”

En este contexto, coincido plenamente con el análisis de Lluís Bassets publicado hoy en El País: “No por lo que ha hecho, sino por lo que hará. No como un reconocimiento, sino como un compromiso. Ni como un laurel, sino como una carga. Así lo ha entendido el premiado, que recibió la noticia con un discurso en el que transfirió todo el mérito del premio a las ansias que tiene el mundo por contar con unos Estados Unidos que hagan avanzar la paz y el desarme…” Más en ¿A quién molesta este Nobel?

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