Ayer, en la ciudad de México, la Secretaría de Relaciones Exterioresy el Instituto Matías Romero (IMR) auspiciaron la presentación del libro “Antonio de Icaza: la alegría de servir”,obra coordinada por Mónica Toussaint. Con los comentarios de Sergio González Gálvez, Embajador Emérito; Juan Manuel Gómez Robledo, Subsecretario para Asuntos Multilaterales y Derechos Humanos; y Ana Covarrubias, investigadora de El Colegio de México. 

En el volumen 5 de la Historia Oral de la Diplomacia Mexicana – según se explica en el portal del IMR,mi hermano el embajador Antonio de Icazaofrece el testimonio de su actuación diplomática en el Servicio Exterior Mexicano y la política exterior de México:

“La narración de su destacada trayectoria, que abarca cinco décadas de la actuación de México en el mundo, permite observar cambios y continuidades en la historia diplomática mexicana. A lo largo de su ejercicio profesional sumó a su experiencia personal valiosos encuentros con personajes clave de la historia y la política internacionales. Antonio de Icaza: la alegría de servir constituye uno de los testimonios más trascendentes de un diplomático mexicano y es de gran valor para los interesados en el quehacer internacional de nuestro país. Narrada con inteligencia, detalle y sentido del humor, esta bra representa asimismo una significativa aportación al conocimiento de la historia de la diplomacia mexicana y la política exterior de México de la segunda mitad del siglo XX”.

Manuel Tello

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El Servicio Exterior Mexicano está de luto por el fallecimiento del Embajador Emérito Manuel Tello Macías (1935-2010), diplomático ejemplar, lúcido estadista, hombre de bien y gran amigo. El Embajador Tello fue hijo de un destacado diplomático mexicano,  Don Manuel Tello Baurraud, quién entre otros cargos fue Secretario de Relaciones Exteriores en dos ocasiones, durante las gestiones de los presidentes Miguel Alemán Valdés y Adolfo López Mateos. Su hermano Carlos Tello, connotado economista y funcionario público, se desempeñó tambien en la diplomacia mexicana ocupando los cargos de embajador en Cuba, Portugal, la Unión Soviética y el consulado general en San Francisco. Otros miembros de la misma familia también han destacado, como su hermano Enrique en el servicio exterior y su sobrino el escritor Carlos Tello Díaz. Por este medio expreso mi más sentido pésame y sinceras condolencias a la apreciada familia Tello y, especialmente, a su viuda la Señora Rhonda Mosesman de Tello.

Tello realizó estudios de relaciones internacionales en la Universidad de Georgetown y en el Instituto de Altos Estudios Internacionales de Ginebra. A lo largo de su brillante trayectoria en el Servicio Exterior fue, entre otros cargos, Director General de Organismos Internacionales, Director en Jefe para Asuntos Políticos y también para Asuntos Multinacionales Subsecretario de Asuntos Multilaterales, Embajador de México en Gran Bretaña, Francia, y Canadá, así como Representante Permanente ante la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York y los Organismos Internacionales con sede en Ginebra. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de enero a noviembre de 1994. Fue designado Embajador Emérito de México en 1998.

Tello concibió la diplomacia como una vocación de servicio y una oportunidad de ser útil a nuestro país. Sin alardes y con gran sencillez fue un patriota convencido. Carente de cualquier arrogancia, Manuel fue un compañero excepcional en la carrera diplomática. Maestro de varias generaciones de diplomáticos, al final de su vida pública se desempeñó como Director del Instituto Matías Romero, la academia de formación diplomática de la Cancillería mexicana. Hombre de gran talento y convicciones profundas, Manuel Tello entregó su vida al servicio de México. Que descanse en paz. 

El destacado político francés, Hubert Vedrine, quien fuera consejero del Presidente Mitterrand y Ministro de Relaciones Exteriores (1997-2002), durante el gobierno del Primer Ministro Lionel Jospin, ha publicado un interesante libro que reúne artículos, conferencias y ensayos realizados por el autor entre 2003 y 2009: El tiempo de las quimeras

 La obra está estructurada en torno a nueve temas: Estados Unidos, Europa, el Multilateralismo, Francia y la globalización, Rusia, China, el Mundo Árabe Musulmán, el África Francófona y el Cambio Climático. Vedrine, una de las mentes más lucidas de Francia, conserva en su relato la perspectiva del actor experimentado de la política mundial. Independientemente de la opinión que pueda tenerse sobre las propuestas políticas del autor, no cabe duda que la obra ofrece una visión inteligente  y bien informada sobre la actualidad internacional, desde una óptica muy francesa y europea. 

Uno de los ejes centrales de la obra gira en torno al desafío que representa para Europa y Estados Unidos la necesidad de buscar un nuevo equilibrio con el resto del mundo y, especialmente, con los países emergentes.  Es decir lo que Vedrine llama “el fin del monopolio occidental sobre la historia”, situación que ha venido haciéndose patente desde el fin del siglo pasado. 

En el prefacio de la obra - magistral diagrama de la actual coyuntura internacional- Vedrine  desmenuza el significado histórico de los profundos cambios de las últimas dos décadas y concluye que es preciso revisar  la “ilusión óptica” con la que Occidente ha asimilado estos fenómenos.  Al final de la guerra fría, apunta Vedrine, se creyó que triunfaban los valores liberales  (libertad, democracia, paz, derechos humanos, cooperación y apertura económica), y que estos serían el sustento de un mundo multipolar, más justo, equitativo y estable.  Pero ese mundo ideal, surgido de lo que Fukuyama llamó prematuramente el fin de la historia, derivó en una amplia redistribución del mapa geopolítico global y que bien puede desembocar en una gran lucha por el poder o, al menos, en una competencia multipolar de impredecibles consecuencias. 

En lugar del triunfo de lo que Vedrine llama el “proselitismo occidental”, asistimos a un cuestionamiento del poderío de Occidente y que se refleja de dos maneras: de un lado, la emergencia de potencias autónomas no occidentales y, del otro, el distanciamiento de los dos polos fundamentales del mundo occidental: Europa y Estados Unidos.  Nada de esto era imprevisible – nos recuerda el autor - pero los últimos años hemos observado una brutal toma de conciencia de este deslizamiento de las placas continentales.  La gran paradoja apuntada por Vedrin es que las “ilusiones ópticas” de la postguerra fría continúan influyendo la política internacional norteamericana y europea, cuyas proyecciones se revelan cada día más alejadas de la realidad del tiempo presente y, por tanto, se corre el riesgo de concebir políticas erróneas y peligrosas que no toman en cuenta el contexto del  “tiempo de las quimeras”.

 

« Metternich ment toujours mais ne trompe personne ». Tayllerand

Cómo me hubiera gustado, cuando inicié la carrera de relaciones internacionales en la UNAM, haber tenido en mis manos esta formidable biografía de Metternich, el famoso canciller austriaco que jugó un papel de primera línea en la construcción del orden europeo del siglo XIX.  Metternich, el diplomático seductor, escrito por el profesor Charles Zorgbibe, acaba de aparecer en las librerías parisinas publicado por Hachette Littératures. El título de la obra puede confundir al lector, haciéndole pensar que se trata de una biografía novelada de la vida amorosa de Metternich, cuando en realidad se trata de un estudio serio y bien documentado sobre la trayectoria de uno de los actores centrales de la diplomacia de su tiempo, que sin menosprecio, incluye también algunos aspectos su vida privada. Es posible que el subtítulo fuera ideado por el editor para darle un valor comercial y no reducir sus lectores a los iniciados en el campo de los estudios internacionales.

 Zorgbibe, profesor de derecho público en la Sorbona y autor de numerosas obras sobre cuestiones internacionales e historia europea, nos presenta un Metternich vencedor de Napoleón; genial negociador diplomático y uno de los artífices de la construcción del concierto europeo, sin ocultar otras facetas controvertidas de su personalidad que lo describen como un gran seductor, aristócrata arrogante, manipulador y mentiroso.

Clemente Metternich nace en 1773 en la ciudad alemana de Coblenza. El diplomático austriaco era en realidad un aristócrata alemán de la región de Renania-Palatinado, que inició sus estudios de diplomacia a los quince años en Estrasburgo, donde coincide con Benjamin Constant, el conde Andrés  Razoumovski y el General Tolstoy. Es precisamente en Estrasburgo donde Metternich se topa por primera vez con las turbulencias de la Revolución Francesa. De ahí nace una ideología reaccionaria y contrarrevolucionaria que habrá de acompañarlo toda su vida. Instalado en Viena, donde su familia se refugia en 1794, logra un matrimonio de conveniencia con Eléonore von Kaunitz, nieta del poderoso canciller austriaco -el conde  von Kaunitz-, lo que de manera natural le abre las puertas de la corte imperial. A la muerte de su suegro, logra su primera misión diplomática en Dresden (capital del Reino de Sajonia) y en 1803, es nombrado embajador en Berlín (capital del Reino de Prusia). Entre 1806 y 1809 es embajador en París, donde se revela su gran capacidad diplomática en los más altos círculos políticos, así como su poder de seducción al volverse amante tanto de la Duquesa de Abrantes, esposa del General Junot como de Carolina, Reina de Nápoles, esposa del Mariscal Murat y nada menos que hermana de Napoleón, entre otras. Se trata de un verdadero retrato político de la época, junto con la descripción fascinante de una vida diplomática que desapareció en las cenizas de la historia. El libro de Zorgbibe nos pasea por las intrigas de la corte napoleónica y describe los denodados esfuerzos de Metternich por encontrar un modus vivendi con el conquistador que humilló y doblegó en tres ocasiones sucesivas al imperio austriaco.

Así, Metternich busca pragmáticamente acomodarse a la realidad política de la época y aboga por la colaboración con Napoleón, lo que le valió las críticas de muchos de sus conciudadanos. Se vuelve un experto sobre la personalidad de Napoleón, lo que hace las delicias del lector cuando se recorren las páginas dedicadas a la compleja relación entre el monarca y el diplomático. Metternich pone en práctica una diplomacia marcada de intriga y engaño, que fructifica en el matrimonio de Napoleón con la princesa María Luisa de Austria.

Es a partir de la derrota napoleónica en Rusia, cuando Metternich inicia el cambio de chaqueta. Como es bien sabido, Austria se mantuvo al margen de la invasión francesa de Rusia, mientras Metternich –que ya era el canciller austriaco - negociaba también en secreto con el Zar Alejandro I, buscando el momento más oportuno para que el Imperio Austriaco recobrara la iniciativa frente a la amenaza que representaban para sus intereses las ambiciones de Francia, Prusia y Rusia. De hecho, Metternich logra que Austria permanezca al margen de la coalición antifrancesa de 1813, pretendiendo actuar como mediador entre los dos bandos y ofreciendo un compromiso que dejara a la emperatriz María Luisa como regente de Francia.

En 1814, tras la abdicación napoleónica, las potencias vencedoras deciden reunirse en Viena para organizar el nuevo orden europeo, en un congreso que sesionará de noviembre de 1814 a junio de 1815. Metternich fue el actor central del Congreso de Viena, y la sección que el libro de Zorgbibe dedicada al tema es una obra magistral. Por cierto, cuando empecé mis estudios, la consulta obligada era (y sigue siendo) el libro de Kissinger: A World Restored: Metternich, Castlereagh and the Problems of Peace, 1812-22. El profesor Zorgbibe, por su parte y en diversos momentos cita a Kissinger para situar las cosas en contexto y apoyar su análisis sobre las discusiones del Congreso. Otro libro que puede resultar interesante sobre los entretelones de las negociaciones y el ambiente del Congreso, es el publicado por Harold Nicolson en 1946: The Congress of Vienna: A Study of Allied Unity: 1812-1822.

A través del relato de Zorgbibe observamos la habilidad negociadora del príncipe de Metternich que coloca a Austria -una potencia tres veces derrotada y humillada por Napoleón– como el eje del nuevo orden dinástico europeo, logrando además, nuevas adquisiciones territoriales y afirmarse como el mediador entre las potencias vencedoras. Metternich logra también armar el fino tejido que desemboca en la Santa Alianza de los vencedores de Napoleón.

Me hubiera gustado, sin embargo, que nuestro autor profundizara más en el papel de Tayllerand en el Congreso de Viena y en el registro de sus conversaciones con Metternich. No cabe duda que el ingenio, perseverancia y habilidad diplomática de Tayllerand, fueron factores decisivos para que Francia conservara su integridad territorial conservando al menos las fronteras previas a 1789.

En suma, con el Congreso de Viena nace un nuevo estilo de negociación internacional: la diplomacia de cumbres y congresos que, si bien no carece de antecedentes en otros momentos históricos, se afirma a partir de entonces como el gran referente de las relaciones internacionales.

Más en Metternich, el diplomático seductor