1989

Archivado bajo: Agenda Mundial, Alemania, Europa
Comments Off

A 20 años del derrumbe del Muro de Berlín, los medios internacionales han dedicado extensos reportajes sobre los acontecimientos de noviembre de 1989, así como incontables ensayos, libros y artículos de opinión sobre el significado histórico del suceso. Un buen recuento del episodio puede encontrarse en Los siete minutos que conmovieron al mundo del corresponsal inglés Daniel Johnson, quien relata los pormenores de la pregunta formulada al funcionario del partido socialista de la RDA,  Günter Schabowski, quién erróneamente anunció, en una rueda de prensa internacional, que todas las leyes para viajar al extranjero habían sido derogadas, con efecto inmediato. Así, el error de Schabowski facilitó que el muro se viniera abajo en una cuantas horas.

Arts & Letters Daily, uno de mis sitios favoritos en el Internet, realizó una interesante selección de artículos que inspiraron las notas y enlaces que siguen abajo.

¿A quien dar el crédito? ¿la CIA? ¿ Mijaíl Gorbachov? ¿Ronald Reagan?  ¿Lech Walesa?… En realidad, no hubo una sola causa … No cabe duda que Helmut Kohl jugó bien sus cartas… El muro se derrumbó pero algunas barreras sicológicas aún permanecen en las mentes… Minuto a minuto se estaba haciendo la historia … Los alemanes siguen tratando de entender todo lo que ocurrió entonces… La caída del Muro de Berlín fue una circunstancia dramática que se fraguó a lo largo de mucho años… Tras el derrumbe vinieron momentos de júbilo, miedo e incertidumbre… Mientras el Este Europeo simple y llanamente había optado por el suicidio… Margaret Tatcher temía la reunificación alemana… y en Francia había políticos que coincidían plenamente con el dicho atribuido a François Mauriac: J’aime tellement l’Allemagne, que je préfère qu’il y a en ait deux…

20 años después del colapso del muro, Berlín sigue siendo una ciudad en transición que aún no se ha recuperado plenamente… Las grandes expectativas creadas sobre el eventual arribo de una era de paz, prosperidad y cooperación mundial nunca se materializaron… Aún cuando a las naciones del Este Europeo les ha ido relativamente bien en los últimos años todavía enfrentan serias dificultades para acceder al nivel de vida de sus vecinos de Europa Occidental… Las consecuencias de largo plazo de los sucesos de 1989 apenas han comenzado a apreciarse, tal como dan cuenta una serie de libros de reciente publicación. 

Josef Joffe nos recuerda que el la Unión Soviética fue el primer imperio que murió en su cama… y  Kissinger nos señala que el muro fue el símbolo más acabado de la Guerra Fría.

Por mi parte, en un libro que escribí pocos años después junto con José Rivera Banuet ( El Orden Mundial Emergente, México en el siglo XXI, Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, México, 1994) apunté lo siguiente:

“Con el fin de la oposición Este-Oeste, se anticipaba un nuevo orden  internacional que propiciaría el desarrollo continuo y equilibrado en un marco de paz y cooperación. La conclusión de los conflictos ideológicos y las expectativas abiertas por la globalización, hacían pensar que se había despejado el camino para atenuar las grandes diferencias entre las naciones industrializadas y los países en desarrollo. La humanidad estaba a la expectativa de  una acción concertada para  abatir los rezagos  en diversas regiones y cifraba en el fin de la Guerra Fría una razonable esperanza de lograr un desarme efectivo, tanto de armamento nuclear como convencional. De este modo se liberarían recursos adicionales para el desarrollo y  los esfuerzos de la comunidad internacional podrían concentrarse con más energía en el combate a la pobreza, la defensa del medio ambiente, el respeto a los derechos humanos y la lucha contra el narcotráfico”.

“Pronto estas expectativas fueron matizadas frente a signos inequívocos de inestabilidad. La desaparición del campo socialista no evitó la profundización de la crisis de valores de Occidente, ni la reaparición de algunos nacionalismos exacerbados, o de peligrosas tendencias desintegradoras. El proceso de globalización tampoco fue aprovechado para impulsar un nuevo esquema de desarrollo económico internacional. Asimismo, los avances democratizadores no se extendieron a los foros internacionales y las explosiones bélicas en el Golfo  Pérsico y los Balcanes evidenciaron los riesgos de la nueva era”.

Según Toynbee, una de las principales características de nuestra época es la transformación de la sociedad internacional a un ritmo sin precedentes, acentuada por el extraordinario avance de la tecnología. De ahí que la historia nos toma frecuentemente por sorpresa, sin advertir que las circunstancias cambiantes de toda organización social resultan de una lógica interna que acumula las experiencias pasadas con los desafíos de hoy.

Por último, no podría terminar esta nota sin hacer alusión a una asignatura pendiente: el hecho de que aún subsisten en el mundo miles  de kilómetros de barreras artificiales que son inaceptables para la dignidad humana y que obstaculizan la cooperación internacional entre los países. De ahí, recomiendo la lectura del artículo publicado en el País por Nicole Muchnik, bajo el título de Muros infranqueables.

El economista francés Daniel Cohen acaba de publicar un libro interesante y provocador: « La Prospérité du Vice: une introduction (inquiète) à l’économie ». (Albin Michel, París 2009).

Este trabajo es un viaje ágil y ameno por la historia económica del mundo. Un viaje que muestra como la economía ha modulado el comportamiento social a través del tiempo. Un viaje que nos lleva del Imperio romano a Hollywood, de la recesión de 1929 a la crisis económica generalizada de nuestros días, de la Alemania del Kaiser a la China contemporánea.  Un viaje inquietante, marcado por una pregunta que se hace el autor: ¿cómo es posible que el mismo Occidente que logró arrancar a Europa del reino de la hambruna y de la miseria, haya logrado desembocar en el suicidio colectivo de las dos guerras mundiales? 

Según Cohen, lo que sucedió ayer en Europa se repite hoy en día a escala mundial. Millones de campesinos en China, India y otros países abandonan los campos y emigran a las ciudades: la sociedad industrial remplaza a la sociedad rural. Ahora, nuevas potencias emergen: ayer fueron Alemania y Japón, hoy son la India y China. Las rivalidades se exacerban, sobre todo para controlar las materias primas, y las crisis financieras se suceden unas a otras. Contrariamente a lo que piensan los convencidos del “choque de las civilizaciones”, el principal riesgo del siglo XXI es – según el autor –que, en lugar de encaminarnos a la confrontación de las culturas o de las religiones, nos exponemos a repetir ahora, y a nivel planetario, la misma historia que ha tenido Occidente.

El autor advierte que mientras la crisis financiera ha evidenciado de manera brutal e intempestiva la avaricia de Wall Street, la economía globalizada transita hacia a un mundo de incertidumbre impulsada por falsa prosperidad del vicio, es decir por los excesos e insuficiencias del capitalismo moderno. De esta manera, las consecuencias de la crisis financiera mundial van mucho más allá de la necesidad de promover la regulación de los mercados. Para Cohen, la adicción malsana del hombre al crecimiento económico constante e innovador –mismo que ha generado la prosperidad del vicio - abren signos de interrogación sobre la viabilidad de continuar satisfaciendo este apetito insaciable. 

Hoy, en el marco de la globalización se plantean peligros inéditos en la historia de la humanidad. Cohen usa el siguiente ejemplo a modo de ilustración: “… si mil millones de chinos tuvieran mil millones de bicicletas, ello no engendraría ningún problema en el mundo.  En cambio, si mil millones de chinos tuvieran mil millones de automóviles, el futuro mismo del planeta estaría en riesgo”.

Así, Cohen se pregunta si el mundo podrá evitar el nuevo suicidio colectivo que predicen el cambio climático y los daños causados al medio ambiente. Estas son, entonces, algunas de las graves interrogantes que se plantean al comienzo de siglo XXI. Para Cohen, si se quiere comprender al mundo multipolar que se avecina, es preciso echar una mirada a la historia europea y evitar que sus errores sean repetidos por los nuevos actores en el escenario internacional.

Por último, en esta nueva era marcada por la revolución de las comunicaciones, los procesos de  globalización y la economía de la información, cabe preguntarse si la humanidad será capaz responder y de administrar adecuadamente la crisis ecológica, y transformar los modos de consumo occidental de tal modo que sean compatibles con su uso generalizado en todo el mundo.  Así, Cohen nos recuerda que, por primera vez en la historia humana, tenemos a la vista los límites precisos de la vida en nuestro planeta solitario. Ahora no podemos darnos el lujo de tratar de corregir las cosas después de cada error.  Por primera vez tenemos certeza del destino común de toda la humanidad y habrá que actuar en consecuencia.

En la última edición de Foreign Affairs (septiembre-octubre 2009) Josef Joffe, editor de la revista alemana Die Zeit, ha publicado un interesante ensayo que cuestiona el pretendido declive del poderío estadounidense en el mundo, bajo el título: The Default Power. The False Prophecy of America’s Decline.  Según Joffe, desde que Estados Unidos se volvió una superpotencia mundial, de manera recurrente surgen voces que pronostican su declive, cuestión que nuevamente se ha puesto de moda en el contexto de la crisis financiera global. El autor señala que en el mundo de hoy, el poder económico y militar norteamericano es de tal magnitud que la supremacía de ese país está asegurada por largo tiempo. 

Conforme a datos actuales, el autor recuerda que el valor de la economía norteamericana es 14.3 trillones de dólares (14 miles de miles de millones). Esto quiere decir que la economía norteamericana es tres veces mayor que la de la segunda economía mundial (Japón) y ligeramente superior a los 16 países de la llamada eurozona que, en su conjunto, representan $13.5 trillones. El único rival serio podría estar representado por la Unión Europea con un producto de $18 trillones - si sumamos el PIB de todos sus miembros – aunque, como dice el autor, lograr una acción estratégica concertada de los 27 países es todo un rompecabezas. Estados Unidos también supera a las principales potencias en términos de ingreso per cápita: con $47,000 por habitante. En suma y, a pesar del impacto de la crisis económica global, la brecha entre Estados Unidos y las demás potencias sigue siendo inmensa.

En el ámbito militar la brecha es aún mayor. En realidad es gigantesca. Estados Unidos juega en una liga aparte del resto del mundo. En 2008, los gastos militares de la superpotencia alcanzaron los $607 billones (miles de millones), es decir casi la mitad del total de gastos militares de todo el planeta. Los siguientes 9 Estados en gastos militares sumaron entre todos $476 billones, mientras que los eventuales competidores de Estados Unidos por la supremacía global (China, India, Japón y Rusia) dedicaron en conjunto $219 billones. El presupuesto militar China que, de acuerdo con algunas predicciones podría llegar a ser la próxima potencia global, es siete veces menor al de Estados Unidos.

Por mi parte, sugiero leer el libro de Fareed Zakaria, The Post American World, mismo que ya recomendé en este blog y que ve las cosas desde otro ángulo. En realidad, la novedad política de hoy no es que Estados Unidos sea más o menos poderoso, sino el hecho incontestable que hay nuevos actores que han arribado a la escena global. Más allá de que Estados Unidos sigue -y seguirá siendo por mucho tiempo- el país más poderoso de la tierra, el ascenso de China y otros países, así como la creciente influencia de organizaciones y actores no gubernamentales, están haciendo sentir su presencia en la escena mundial. No cabe duda que ello y otros factores han limitado la influencia de la superpotencia. Por ello reafirmo lo dicho en mi blog en agosto pasado, “comprender el contexto en que nuestros países habrán de moverse en los próximos años será, no cabe duda, condición de supervivencia”.

Las desafortunadas e injustificables acciones de discriminación que algunos de nuestros compatriotas han tenido que padecer con motivo de la gripe A-H1N1, como sucedió recientemente en Hong Kong y Singapur, contrastan con los gestos solidarios y las muestras de apoyo que los mexicanos hemos recibido en otras latitudes. Como es bien sabido, la reacción de un pueblo frente a las epidemias o desastres naturales está condicionada por factores culturales e históricos, así como por el nivel de desarrollo económico y social alcanzado en su propio país. Entre los individuos, estas reacciones dependen además de factores emocionales donde se entrelazan el miedo y el instinto de supervivencia.

A lo largo de la historia encontramos numerosos ejemplos de los estragos que han causado epidemias como la peste negra o la gripa española,  y también de la clase de reacciones que estos fenómenos han suscitado. Ahora, en la era de la globalización, las noticias llegan a todos los confines de la tierra en cuestión de minutos y consecuentemente el miedo al contagio se difunde como pólvora por todas partes. En este contexto, cabe preguntarse si a raíz del vertiginoso desarrollo tecnológico y científico de los últimos años la humanidad está hoy mejor preparada frente a estos desafíos. No cabe duda que desde el punto de vista científico hemos progresado años luz y que la medicina moderna tiene ahora poderosos recursos para enfrentar las epidemias, mismos que hace pocos años eran inimaginables. En cambio, sospecho que las reacciones de individuos y pueblos frente a estas calamidades no son tan diferentes como en otras épocas.

Con el fin de proseguir estas reflexiones, he vuelto a leer un libro extraordinario y ciertamente revelador: “La Peste”, escrito por Albert Camus en 1947. Como podrán recordar los lectores, la historia comienza en la apacible ciudad de Orán, cuando Argelia era todavía colonia francesa. De pronto la peste irrumpe en Orán rompiendo gradualmente la tranquilidad de sus ciudadanos, quienes no le dan al principio mayor importancia pero que con el paso de los meses cobra fuerza y deja centenares de personas muertas. Con el tiempo se produce una suerte de resignación a la desgracia y durante meses, la ciudad de Orán vivió doblegada a la peste. Un día y de manera súbita la peste comenzó a disminuir, pero esta no se va del todo, incluso parece que juega con la vida de habitantes de la ciudad, ya que reaparece y desaparece de improviso. Finalmente las autoridades deciden abrir las puertas de la ciudad al exterior y, poco a poco, vuelve la vida de la población a recuperar su ritmo apacible.

Por medio de “la Peste” Camús hace una profunda crítica de su tiempo y representa a través de la epidemia un hecho social, en el cual las personas se ven sometidas a eventos trágicos y devastadores, que los hacen reflexionar frente a su porvenir, sobre lo cotidiano y el destino de sus existencias. En esta novela escrita en la posguerra por uno de los principales exponentes del llamado existencialismo, Camús nos recuerda que  “es importante tener en cuenta, que la alegría está siempre amenazada, porque aún cuando la muchedumbre estuviera dichosa, ignoraba que la peste no muere ni desaparece jamás y que puede permanecer dormida durante siglos en nuestros pensamientos, para luego volver a azotar con su fuerza a la humanidad”.

Los mexicanos que, por diversas circunstancias, nos encontramos ahora en el extranjero, debemos sentirnos muy orgullosos por la manera tan responsable, solidaria y ejemplar con la que han reaccionado nuestros compatriotas en México frente a la emergencia desatada por la gripa A-H1N1. Las medidas extraordinarias que se han tomado en nuestro país para contener la epidemia no tienen precedente en el mundo. Estas medidas hablan de la seriedad con la que nuestro país ha confrontado el desafío y muestra una voluntad inquebrantable por parte del pueblo mexicano para superar la emergencia. La Embajada de México en Francia ha puesto a la disposición del público una amplia información sobre el brote de influenza registrado y que puede consultarse en nuestra página de internet bajo el rubro Alerta: brote de influenza, tanto en español como en francés. En este sitio, podrán encontrar además vínculos útiles hacia los sitios de las instituciones mexicanas competentes en la materia. 

Por otro lado, y ante el uso y abuso de la expresión “gripe mexicana” en los medios franceses, nuestra misión diplomática emitió el pasado 30 de abril un comunicado de prensa rechazando de manera contundente el uso de la denominación “gripa mexicana” cuando se hace referencia al virus H1N1 que provoca la enfermedad conocida como gripe porcina, estos dos términos utilizados por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Afortunadamente hemos notado una reacción positiva de los medios franceses frente a la protesta de nuestra embajada y, en su mayoría, ya han dejado de usar esta expresión discriminatoria e injustificada. Desde entonces observamos que empiezan a llamar la gripe por su nombre correcto (A-H1N1) es decir el adoptado oficialmente por la Organización Mundial de la Salud, precisamente el viernes 1 de mayo. 

Por otro lado, un amigo me ha compartido el vínculo del Center for Disease Control and Prevention (CDC) de Estados Unidos que es de consulta obligada para médicos especialistas en este tema. Este amigo me ha hecho notar que el Morbidity and Mortality Weekly Report (MMWR) de dicha institución recuenta la sucesión de los primeros casos en el Sur de Estados Unidos durante marzo y principios de abril. Igualmente se afirma que la primera comunicación científica, aparecida el 21 de abril, en ese país se reportan dos casos, de San Diego y Texas, a finales de marzo, y se determina que se trata de un virus de origen porcino que contiene secuencias de cepas americanas y europeas. Para quienes deseen profundizar en esto pueden consultar la publicación semanal del CDC. Por último, en el New York Times podemos consultar un mapa interactivo que reporta los nuevos casos reportados (sospechosos y confirmados) en todo el mundo, mismo que se actualiza varias veces al día.

Frente al escepticismo de gran parte del mundo, la Cumbre de Londres ha logrado enviar un mensaje de esperanza y unidad frente a la crisis económica globalizada. Las 20 economías más importantes del planeta lograron un acuerdo histórico que permitirá destinar más de un billón de dólares para enfrentar la aguda crisis internacional y anunciaron importantes reformas al sistema financiero global. El documento íntegro de la Cumbre del G-20 puede consultarse en el sitio del diario El País: “Plan Global para la recuperación y la reforma”.

Los líderes del G-20 se comprometieron a hacer lo que sea necesario para: restablecer la confianza, el crecimiento y el empleo; reparar el sistema financiero para restaurar el crédito; reforzar la regulación financiera para reconstruir la confianza; financiar y reformar las instituciones financieras internacionales para superar esta crisis y evitar crisis futuras; fomentar el comercio y la inversión globales y rechazar el proteccionismo para apuntalar la prosperidad; y construir una recuperación inclusiva, ecológica y sostenible.

Con tal propósito, los acuerdos constituyen un programa adicional de 1,1 billones de dólares de apoyo para restaurar el crédito, el crecimiento y el empleo en la economía mundial. Las medidas son las siguientes: triplicar los recursos a disposición del FMI hasta los 750.000 millones de dólares; apoyar una nueva partida de Derechos Especiales de Giro (DEG) de 250.000 millones de dólares y al menos 100.000 millones de dólares en préstamos adicionales por parte de los bancos multilaterales de desarrollo (BMD); garantizar 250.000 millones de dólares de apoyo para la financiación del comercio; y utilizar los recursos adicionales de las ventas de oro acordadas por el FMI para la financiación concesional de los países más pobres.

Como señaló el Secretario de Hacienda de México, Agustín Carstens en un artículo publicado hoy en El Universal: “La crisis actual impone desafíos inéditos y requiere respuestas oportunas, contundentes y coordinadas. Para México, la cumbre de Londres planteó la oportunidad de acordar una agenda ambiciosa e integral que muestre claros compromisos de los gobiernos para restablecer la confianza y generar un cambio radical en las expectativas”.

Como todos recordamos, el Siglo XX terminó de una forma abrupta y esperanzadora con la caída del muro de Berlín y el derrumbe del campo socialista. No obstante, el fin de la Guerra Fría no trajo consigo una nueva era de paz, cooperación y desarrollo compartido en el mundo. Por el contrario, la continuación de la política del poder en las relaciones internacionales y la acentuación de algunos conflictos regionales, como fue el caso del Medio Oriente, se tradujeron bien pronto en nuevas y complejas circunstancias que pusieron en jaque a toda la humanidad. Así, el nuevo milenio nació bajo el impacto de los ataques terroristas del 9 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York. En los últimos meses, la agudización de la crisis financiera internacional se extendió como pólvora en todo el mundo, mostrando las debilidades del proceso de globalización y poniendo en evidencia los excesos del capitalismo financiero de Wall Street.

La respuesta de la Cumbre de Londres frente a la crisis muestra la importancia de afirmar la responsabilidad regulatoria del Estado frente a los procesos económicos. El mercado es un instrumento necesario pero insuficiente para regular la actividad económica. Más aún, en el contexto de los procesos económicos globalizados el papel regulador del Estado constituye la única garantía capaz de evitar que los excesos y errores cometidos por los especuladores financieros se repitan.

En este contexto recomiendo la lectura del artículo de Thierry de Montbrial, publicado en el New York Times, en vísperas de la Cumbre: A World in Need of a New Order.

 

No cabe duda que las declaraciones realizadas por la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, durante su reciente visita a México, reconociendo la corresponsabilidad estadounidense frente a la violencia y estragos causados por las organizaciones criminales que se dedican al tráfico de drogas entre ambos países, constituye un giro de 180 grados en el estilo y las formas de la diplomacia norteamericana. Esta y otras señales igualmente positivas desde Washington presagian una nueva era de colaboración bilateral reforzada frente al narcotráfico. En este contexto, vale la pena leer la transcripción de la entrevista que el Presidente Obama realizó en el programa televisivo Face the Nation, así como el artículo firmado por el Senador John Kerry en Los Ángeles Times: Mexico’s war must be our war. Todo ello forma parte de un nuevo y saludable estilo de hacer diplomacia por parte del nuevo gobierno norteamericano y cuyos efectos se observan en todas las latitudes, sea en Teherán, Beijing, Moscú o Bruselas. Un giro que, en Francia, Jean Daniel, el prestigiado periodista e intelectual que dirige el Nouvel Observateur, ha llamado “la fin de la arrogance”.

Con la agudeza e inteligencia que lo caracteriza, Jaques Atali, en su blog personal se refiere al tema de las compañías de seguros y los riesgos que entraña su fragilidad en el contexto de la crisis económica globalizada. Atalí nos recuerda que para  asegurar que efectivamente podrán cubrir los daños que pretenden garantizar, las compañías disponen de reservas que deben respetar un conjunto de reglas que permite verificar que las aseguradoras tendrán los medios, cuando llegue el momento, de hacer frente a los riesgos que cubren. De ahí, las aseguradoras en los países desarrollados publican semestralmente  un “margen de solvencia”, es decir la proporción entre el total de sus compromisos en seguro de vida más las provisiones dotadas para hacer frente a sus compromisos en seguros de daños y sus fondos propios.

En este orden de ideas, agrega Atali que con la crisis, ciertas inversiones consideradas como muy seguras, como las obligaciones de instituciones bancarias, se han visto desvalorizadas por el riesgo de nacionalización de los bancos por un valor irrisorio. De ahí, “los ratios de solvencia de las aseguradoras se han vuelto muy frágiles. Y como no se ha regulado el sector de los seguros a nivel mundial, la asociación of Insurance Supervisors (“IAIS”) que agrupa a los reguladores de seguros, no publica siquiera estadísticas. Solo podemos hacer valoraciones aproximadas: parece que las compañías de seguros tienen 25 billones USD (25.000.000.000.000) de compromisos (aproximadamente 80% para el seguro de vida y lo demás para el seguro de daños), contra únicamente 1 a 1,5 billones USD de fondos propios”. Es obvio que ello es preocupante y que lo sucedido con AIG puede replicarse en otras latitudes: más en L’heure de vérité.

En un reciente artículo publicado en el International Herald Tribune (A recipe for survival), Mohamed El Baradei, el Director General de la Agencia Internacional de Energía Atómica, hace notar que tras dos décadas perdidas desde el fin de la Guerra Fría la cuestión del desarme nuclear ha vuelto a colarse entre las prioridades de la agenda internacional. No cabe duda que la disposición anunciada por el Presidente Barak Obama de trabajar para alcanzar un mundo libre de armas nucleares (lo que de hecho constituye un compromiso legal adquirido ya por medio del Tratado de No Proliferación Nuclear) y negociar con Rusia –como un primer paso– nuevas reducciones de sus respectivos arsenales nucleares, significa una señal alentadora para todos. En esta perspectiva, se nos recuerda que entre ambos países se acumula el 95% del armamento nuclear del mundo.

Entre las razones que apunta El Baradei para este cambio de ánimo en favor de negociaciones sobre desarme nuclear, se encuentra una preocupación real: el riesgo creciente de que las armas nucleares puedan eventualmente ser usadas sea por algún grupo terrorista o en el marco de un conflicto regional, como por ejemplo en el Medio Oriente. Hoy en día hay 27,000 cabezas nucleares en el mundo y, con el avance de la tecnología de los últimos años, los Estados que han perfeccionado los métodos de enriquecimiento de uranio pueden hacerse de una bomba en unos cuantos meses.

Por si hiciera falta una razón adicional para ponernos los pelos de punta, basta con ver el riesgo que se corrió con la colisión de dos submarinos nucleares en medio del océano hace unos pocos días. Resulta sorprendente que dos submarinos, el Vanguard británico y Le Triomphant francés, de propulsión nuclear y dotados con misiles de cabeza atómica, pudieran colisionar el pasado día 4 en el Atlántico, según reporta El País. A pesar de tratarse de submarinos muy sofisticados con tecnología de punta sucede este improbable choque que afortunadamente no pasó mayores ya que, según se reportó, los aparatos iban a baja velocidad. Según la nota periodística “Las consecuencias habrían podido ser catastróficas si estos dos colosos (de 14.000 y 16.000 toneladas) hubieran colisionado a la velocidad a la que habitualmente navegan en tránsito: más de 15 nudos (27,7 kilómetros por hora). En suma, hay demasiadas armas nucleares y, además de los riesgos políticos, existe la eventualidad de accidentes que pueden llegar a comprometer en un momento dado la vida millones de personas.

 

Robert Kagan, uno de los ideólogos conservadores más importantes de Estados Unidos, en su reciente libro “The Return of History and the End of Dreams”, nos dice que el mundo ha vuelto a la normalidad una vez disipadas las esperanzas de paz, concordia y progreso compartido que surgieron al fin del la Guerra Fría, tras la caída del muro de Berlín. Así, se han desvanecido los sueños que apuntaban hacia la construcción de un nuevo orden internacional, la desaparición de los conflictos ideológicos y la progresiva liberación del comercio y de las comunicaciones. En esta lógica, el mundo no se transformó y Estados Unidos continúa siendo la única superpotencia aunque ha regresado la competencia por el poder protagonizada ahora por Rusia, China, Europa, India e Irán y –desde luego – Estados Unidos.

La disputa por espacios de influencia ha vuelto al centro de las relaciones internacionales y ha regresado lo que Kagan llama –fiel a sus prejuicios ideológicos- la “competencia entre las democracias liberales y los regímenes autocráticos”. Kagan fue uno de los llamados “neocons” que se equivocó rotundamente al aconsejar en Estados Unidos el fiasco intervencionista en Iraq y, aún cuando en su libro aparecen nuevamente concepciones polémicas en torno al reto que representa para Occidente el fundamentalismo islamista, el autor acierta al reconocer que hoy en día el Estado-Nación se ha fortalecido. No obstante y a pesar de aceptar que el pensamiento liberal cometió el error de suponer que un nuevo orden internacional surgiría del “triunfo de las ideas y del natural desarrollo del progreso humano”, persiste en el equivoco de pensar que la democracia puede imponerse desde el exterior.

Felipe González, por su parte, en un reciente artículo publicado en El País sobre las expectativas que han se abierto con la llegada de Obama al poder, nos dice que “Estados Unidos es, y va a seguir siendo, la primera potencia del mundo, y como tal seguirá teniendo intereses y prioridades globales. Pero la dimensión y complejidad de las crisis que atravesamos hacen imposible que EE UU pueda afrontarlas en solitario. Esto marca el fin de un unilateralismo que ha agravado la situación en todo el mundo”. En otras palabras, creo que estamos en la puerta de un nuevo orden global. Atrás quedan los sueños liberales que anticipaban el fin de la historia, apostaron a la hegemonía global de un orden unipolar y fincaron en el mercado sus expectativas de crecimiento y desarrollo.

Esta “vuelta a la normalidad” en medio de la crisis económica internacional generalizada ha demostrado que el Estado es insustituible en su papel regulador de los procesos económicos. Ha demostrado también que ninguna nación, por poderosa sea, tiene hoy en día la capacidad de imponer a los demás su visión del mundo y de hacer prevalecer unilateralmente sus intereses.  Desde esta perspectiva, “el regreso a la normalidad” puede ser positivo ya que las realidades de nuestra época exigen reconocer que la cooperación internacional es indispensable como alternativa a la política del poder, y es la única capaz de construir una respuesta articulada y eficaz frente a la primera gran crisis de la globalización.