Con toda franqueza no me sorprende que el Premio Nobel de la Paz – adjudicado ayer al Presidente de Estados Unidos – haya desencadenado tal polémica, como bien lo relata el Times: Barack Obama’s peace prize starts a fight. No cabe duda que la derecha norteamericana resintió el premio como una bofetada, tal como lo comenta Carlos Fuentes en su artículo de hoy en Reforma: Un premio merecido. Fuentes agrega en su escrito que las complejas realidades de la actualidad internacional no encuentran ni encontrarán por ahora una solución final y agrega: “… son parte de un mundo en evolución constante. Esto es lo que Obama ha entendido. En vez de aplicarle al mundo un cancel de fierro concebido por y para una sola nación, los Estados Unidos de América, Obama admite la diversidad política, económica y cultural de los demás y ofrece tratar con ella, dialogar y negociar en vez de dictar e invadir. ¿No es este un cambio fundamental de las relaciones exteriores? ¿Y no merece su iniciador, Barack Obama, un premio por lo ya logrado que es también un incentivo para lo que aún falta?”

En este contexto, coincido plenamente con el análisis de Lluís Bassets publicado hoy en El País: “No por lo que ha hecho, sino por lo que hará. No como un reconocimiento, sino como un compromiso. Ni como un laurel, sino como una carga. Así lo ha entendido el premiado, que recibió la noticia con un discurso en el que transfirió todo el mérito del premio a las ansias que tiene el mundo por contar con unos Estados Unidos que hagan avanzar la paz y el desarme…” Más en ¿A quién molesta este Nobel?

Al final de los noventas, el Foreign Office (FO) inició un importante proceso de reformas que desembocó en amplia revolución institucional y en la modernización del “modus operandi”  de la diplomacia británica, cuyos fundamentos estaban atados a tradiciones diseñadas cuando menos doscientos atrás. Desde el momento en que Robin Cook fue nombrado al frente de la diplomacia británica en 1997, las estructuras del FO se conmovieron bajo el impacto de una nueva política exterior -el “New Labour” de Tony Blair. El nuevo ministro dio cuerda a los “jóvenes turcos” (es decir los funcionarios de nueva generación que buscaban un cambio en el rígido sistema de promociones y asignación de responsabilidades dentro del FO) e impulsó su participación activa en las discusiones y grupos de trabajo creados con este propósito. Este ejercido incluyó profundas reformas a los procesos de selección y reclutamiento de personal, la formación de cuadros, los programas de actualización de conocimientos, las modalidades de promoción, la asignación de puestos y adscripción del personal tanto en el ministerio como en el exterior. Todo el sistema de comunicaciones y documentación fue objeto de una profunda transformación para incorporar los últimos avances de la tecnología de la información. La búsqueda de una mayor transparencia en la formulación de la política exterior, las relaciones y formas de comunicación vertical y horizontal entre funcionarios del ministerio, así como los aspectos de coordinación y enlace con otras dependencias, legisladores y actores políticos y sociales, fueron capítulos de la mayor importancia en este ejercicio.

El relato fascinante de este proceso es abordado por John Dickie en su libro: The New Mandarins: How British Foreign Policy Works, publicado en 2004 y que hasta ahora llegó a mis manos. El autor tuvo acceso a los participantes de este proceso y obtuvo información privilegiada sobre el funcionamiento de la cancillería británica. Cualquier estudioso de temas internacionales interesado en conocer cómo funciona el FO tendrá - por primera vez – la posibilidad de conocer las entrañas mismas de la diplomacia británica. Ameno y bien escrito, The New Mandarins no tiene desperdicio. Desde la descripción de los complicados mecanismos de ingreso y promociones hasta los detalles del proceso de toma de decisiones o las características  de la diplomacia pública, el libro de Dickie ofrece amplia e interesante información hasta ahora reservada para los corredores del FO.

Lo más interesante del libro es el recuento de cómo se llevó a cabo esta revolución dentro del FO, una de las instituciones más conservadoras de la política británica. Fue una revolución que duró cerca de cinco años y cuyo desenlace fue observado en el resto del mundo, ya que este proceso se volvió un referente obligado para los procesos de reformas en otros ministerios de relaciones exteriores, muchos de los cuales han tenido que ajustar sus estructuras para responder a los cambios de la sociedad internacional. Como es bien sabido, la multiplicación de actores internos y externos de la política exterior, así como el desarrollo espectacular de las comunicaciones y los avances en la llamada tecnología de la información han favorecido la proliferación de contactos directos entre dependencias de gobierno de todo el mundo, pasando por encima de los “conductos diplomáticos” y de la coordinación institucional a cargo de los ministerios de relaciones exteriores. En este contexto, las reformas han sido para muchos ministerios condición de supervivencia.

John Dickie nos  cuenta cómo el controvertido Ministro Cook impulsó a los jóvenes turcos –bajo el liderazgo de su asesor y “speechwriter”  Martin Gould – para que promovieran y redactaran su propia agenda `para el cambio. En apenas seis meses se crearon 100 grupos de contacto con la participación de 1,000 diplomáticos, quienes produjeron un informe con propuestas específicas para el cambio: Foresight 2010. Hasta la fecha este documento no se ha publicado. Estas ideas y propuestas para el cambio fueron abordadas por grupos de trabajo encabezadas por los subsecretarios de carrera de mayor jeraquía, con lo que se evitó una confrontación entre los jóvenes reformistas y los llamados “mandarines”, es decir  funcionarios de alto nivel que ocupaban los puestos de mayor responsabilidad en el ministerio y el servicio exterior.  

En próximas entregas comentaremos algunas de las reformas específicas emprendidas por el FO y que puedan ser de interés general para otras cancillerías. Mientras tanto, los invitamos a leer este interesante libro.

 

En un reciente artículo publicado en el International Herald Tribune (A recipe for survival), Mohamed El Baradei, el Director General de la Agencia Internacional de Energía Atómica, hace notar que tras dos décadas perdidas desde el fin de la Guerra Fría la cuestión del desarme nuclear ha vuelto a colarse entre las prioridades de la agenda internacional. No cabe duda que la disposición anunciada por el Presidente Barak Obama de trabajar para alcanzar un mundo libre de armas nucleares (lo que de hecho constituye un compromiso legal adquirido ya por medio del Tratado de No Proliferación Nuclear) y negociar con Rusia –como un primer paso– nuevas reducciones de sus respectivos arsenales nucleares, significa una señal alentadora para todos. En esta perspectiva, se nos recuerda que entre ambos países se acumula el 95% del armamento nuclear del mundo.

Entre las razones que apunta El Baradei para este cambio de ánimo en favor de negociaciones sobre desarme nuclear, se encuentra una preocupación real: el riesgo creciente de que las armas nucleares puedan eventualmente ser usadas sea por algún grupo terrorista o en el marco de un conflicto regional, como por ejemplo en el Medio Oriente. Hoy en día hay 27,000 cabezas nucleares en el mundo y, con el avance de la tecnología de los últimos años, los Estados que han perfeccionado los métodos de enriquecimiento de uranio pueden hacerse de una bomba en unos cuantos meses.

Por si hiciera falta una razón adicional para ponernos los pelos de punta, basta con ver el riesgo que se corrió con la colisión de dos submarinos nucleares en medio del océano hace unos pocos días. Resulta sorprendente que dos submarinos, el Vanguard británico y Le Triomphant francés, de propulsión nuclear y dotados con misiles de cabeza atómica, pudieran colisionar el pasado día 4 en el Atlántico, según reporta El País. A pesar de tratarse de submarinos muy sofisticados con tecnología de punta sucede este improbable choque que afortunadamente no pasó mayores ya que, según se reportó, los aparatos iban a baja velocidad. Según la nota periodística “Las consecuencias habrían podido ser catastróficas si estos dos colosos (de 14.000 y 16.000 toneladas) hubieran colisionado a la velocidad a la que habitualmente navegan en tránsito: más de 15 nudos (27,7 kilómetros por hora). En suma, hay demasiadas armas nucleares y, además de los riesgos políticos, existe la eventualidad de accidentes que pueden llegar a comprometer en un momento dado la vida millones de personas.

 

Robert Kagan, uno de los ideólogos conservadores más importantes de Estados Unidos, en su reciente libro “The Return of History and the End of Dreams”, nos dice que el mundo ha vuelto a la normalidad una vez disipadas las esperanzas de paz, concordia y progreso compartido que surgieron al fin del la Guerra Fría, tras la caída del muro de Berlín. Así, se han desvanecido los sueños que apuntaban hacia la construcción de un nuevo orden internacional, la desaparición de los conflictos ideológicos y la progresiva liberación del comercio y de las comunicaciones. En esta lógica, el mundo no se transformó y Estados Unidos continúa siendo la única superpotencia aunque ha regresado la competencia por el poder protagonizada ahora por Rusia, China, Europa, India e Irán y –desde luego – Estados Unidos.

La disputa por espacios de influencia ha vuelto al centro de las relaciones internacionales y ha regresado lo que Kagan llama –fiel a sus prejuicios ideológicos- la “competencia entre las democracias liberales y los regímenes autocráticos”. Kagan fue uno de los llamados “neocons” que se equivocó rotundamente al aconsejar en Estados Unidos el fiasco intervencionista en Iraq y, aún cuando en su libro aparecen nuevamente concepciones polémicas en torno al reto que representa para Occidente el fundamentalismo islamista, el autor acierta al reconocer que hoy en día el Estado-Nación se ha fortalecido. No obstante y a pesar de aceptar que el pensamiento liberal cometió el error de suponer que un nuevo orden internacional surgiría del “triunfo de las ideas y del natural desarrollo del progreso humano”, persiste en el equivoco de pensar que la democracia puede imponerse desde el exterior.

Felipe González, por su parte, en un reciente artículo publicado en El País sobre las expectativas que han se abierto con la llegada de Obama al poder, nos dice que “Estados Unidos es, y va a seguir siendo, la primera potencia del mundo, y como tal seguirá teniendo intereses y prioridades globales. Pero la dimensión y complejidad de las crisis que atravesamos hacen imposible que EE UU pueda afrontarlas en solitario. Esto marca el fin de un unilateralismo que ha agravado la situación en todo el mundo”. En otras palabras, creo que estamos en la puerta de un nuevo orden global. Atrás quedan los sueños liberales que anticipaban el fin de la historia, apostaron a la hegemonía global de un orden unipolar y fincaron en el mercado sus expectativas de crecimiento y desarrollo.

Esta “vuelta a la normalidad” en medio de la crisis económica internacional generalizada ha demostrado que el Estado es insustituible en su papel regulador de los procesos económicos. Ha demostrado también que ninguna nación, por poderosa sea, tiene hoy en día la capacidad de imponer a los demás su visión del mundo y de hacer prevalecer unilateralmente sus intereses.  Desde esta perspectiva, “el regreso a la normalidad” puede ser positivo ya que las realidades de nuestra época exigen reconocer que la cooperación internacional es indispensable como alternativa a la política del poder, y es la única capaz de construir una respuesta articulada y eficaz frente a la primera gran crisis de la globalización.