Con toda franqueza no me sorprende que el Premio Nobel de la Paz – adjudicado ayer al Presidente de Estados Unidos – haya desencadenado tal polémica, como bien lo relata el Times: Barack Obama’s peace prize starts a fight. No cabe duda que la derecha norteamericana resintió el premio como una bofetada, tal como lo comenta Carlos Fuentes en su artículo de hoy en Reforma: Un premio merecido. Fuentes agrega en su escrito que las complejas realidades de la actualidad internacional no encuentran ni encontrarán por ahora una solución final y agrega: “… son parte de un mundo en evolución constante. Esto es lo que Obama ha entendido. En vez de aplicarle al mundo un cancel de fierro concebido por y para una sola nación, los Estados Unidos de América, Obama admite la diversidad política, económica y cultural de los demás y ofrece tratar con ella, dialogar y negociar en vez de dictar e invadir. ¿No es este un cambio fundamental de las relaciones exteriores? ¿Y no merece su iniciador, Barack Obama, un premio por lo ya logrado que es también un incentivo para lo que aún falta?”

En este contexto, coincido plenamente con el análisis de Lluís Bassets publicado hoy en El País: “No por lo que ha hecho, sino por lo que hará. No como un reconocimiento, sino como un compromiso. Ni como un laurel, sino como una carga. Así lo ha entendido el premiado, que recibió la noticia con un discurso en el que transfirió todo el mérito del premio a las ansias que tiene el mundo por contar con unos Estados Unidos que hagan avanzar la paz y el desarme…” Más en ¿A quién molesta este Nobel?

En la última edición de Foreign Affairs (septiembre-octubre 2009) Josef Joffe, editor de la revista alemana Die Zeit, ha publicado un interesante ensayo que cuestiona el pretendido declive del poderío estadounidense en el mundo, bajo el título: The Default Power. The False Prophecy of America’s Decline.  Según Joffe, desde que Estados Unidos se volvió una superpotencia mundial, de manera recurrente surgen voces que pronostican su declive, cuestión que nuevamente se ha puesto de moda en el contexto de la crisis financiera global. El autor señala que en el mundo de hoy, el poder económico y militar norteamericano es de tal magnitud que la supremacía de ese país está asegurada por largo tiempo. 

Conforme a datos actuales, el autor recuerda que el valor de la economía norteamericana es 14.3 trillones de dólares (14 miles de miles de millones). Esto quiere decir que la economía norteamericana es tres veces mayor que la de la segunda economía mundial (Japón) y ligeramente superior a los 16 países de la llamada eurozona que, en su conjunto, representan $13.5 trillones. El único rival serio podría estar representado por la Unión Europea con un producto de $18 trillones - si sumamos el PIB de todos sus miembros – aunque, como dice el autor, lograr una acción estratégica concertada de los 27 países es todo un rompecabezas. Estados Unidos también supera a las principales potencias en términos de ingreso per cápita: con $47,000 por habitante. En suma y, a pesar del impacto de la crisis económica global, la brecha entre Estados Unidos y las demás potencias sigue siendo inmensa.

En el ámbito militar la brecha es aún mayor. En realidad es gigantesca. Estados Unidos juega en una liga aparte del resto del mundo. En 2008, los gastos militares de la superpotencia alcanzaron los $607 billones (miles de millones), es decir casi la mitad del total de gastos militares de todo el planeta. Los siguientes 9 Estados en gastos militares sumaron entre todos $476 billones, mientras que los eventuales competidores de Estados Unidos por la supremacía global (China, India, Japón y Rusia) dedicaron en conjunto $219 billones. El presupuesto militar China que, de acuerdo con algunas predicciones podría llegar a ser la próxima potencia global, es siete veces menor al de Estados Unidos.

Por mi parte, sugiero leer el libro de Fareed Zakaria, The Post American World, mismo que ya recomendé en este blog y que ve las cosas desde otro ángulo. En realidad, la novedad política de hoy no es que Estados Unidos sea más o menos poderoso, sino el hecho incontestable que hay nuevos actores que han arribado a la escena global. Más allá de que Estados Unidos sigue -y seguirá siendo por mucho tiempo- el país más poderoso de la tierra, el ascenso de China y otros países, así como la creciente influencia de organizaciones y actores no gubernamentales, están haciendo sentir su presencia en la escena mundial. No cabe duda que ello y otros factores han limitado la influencia de la superpotencia. Por ello reafirmo lo dicho en mi blog en agosto pasado, “comprender el contexto en que nuestros países habrán de moverse en los próximos años será, no cabe duda, condición de supervivencia”.

“Nuestras leyes migratorias requieren modificarse. No podemos continuar teniendo trabajadores indocumentados viviendo en este país como ciudadanos de segunda clase, separados de sus familias y explotados por empleadores sin escrúpulos. Esta iniciativa ofrece una solución práctica para sacarlos de las sombras, permitirles que obtengan  permisos de trabajo y se reúnan con sus familias como residentes permanentes.”

 Senador Edward M. Kennedy, octubre de 2005

  Durante mis años en Washington (2004-2007), tuve el honor de conocer y, en varias ocasiones, conversar con el Senador Edward M. Kennedy sobre temas de la relación bilateral entre nuestros países y, principalmente, el debate migratorio en el Congreso estadounidense. Pude constatar entonces su gran calidad humana, una clara simpatía por México y su indeclinable compromiso a favor de una reforma migratoria integral que respetara los derechos de todos los trabajadores migrantes. Con su desaparición, la reforma migratoria en aquel país pierde uno de sus líderes más comprometidos y lúcidos. México pierde un gran amigo y las comunidades hispanas uno de sus mejores aliados en el Congreso. En los años por venir, su legado político será una valiosa fuente de inspiración y un importante referente en las discusiones sobre un tema crucial en ambos lados de la frontera.

  Durante sus 47 años en el senado norteamericano Kennedy ejerció un liderazgo decidido en materia de migración y solía recordar que Estados Unidos es “un país de migrantes”. En 1965, cuando comenzaba su gestión legislativa, fue uno de los principales artífices de una reforma legal que acabó con el sistema discriminatorio de cuotas prevaleciente entonces y que privilegiaba la migración europea, excluyendo la procedente de Asia y otras regiones. Durante el debate de la iniciativa dijo:

  Años más tarde, Ted Kennedy fue uno de los principales redactores y promotores del Refugee Act 1980 que estableció un sistema de asilo congruente con el derecho internacional. En los primeros 10 años de vigencia del nuevo ordenamiento, un millón cien mil personas lograron refugio y una nueva vida en Estados Unidos. En 1986 trabajó en favor de una legislación de amnistía que otorgó la ciudadanía a un millón trescientas mil personas. En 1990 tuvo una activa participación en reformas legales que permitieron ampliar las oportunidades para que trabajadores calificados obtuvieran la ciudadanía.

Como es bien sabido, en mayo de 2005, los senadores McCain y Kennedy presentaron su histórica iniciativa de reforma migratoria: “Secure America and Orderly Immigration Act” (McCain-Kennedy Bill, S. 1033). Este texto constituye la más ambiciosa y favorable iniciativa de reforma migratoria presentada en el Senado de Estados Unidos para legalizar millones de trabajadores indocumentados, establecer un programa de trabajadores temporales y acciones de seguridad en la frontera que, desde luego, no contemplaban la construcción de un muro. Un buen resumen de la iniciativa puede encontrarse en The Immigration Law Portal. Esta iniciativa nunca fue votada en el senado dado el carácter tan polémico del debate migratorio en Estados Unidos, así como por la falta de apoyo de la Administración Bush. No obstante fue un referente fundamental del debate y dio lugar a la aprobación de otras iniciativas basadas parcialmente en el proyecto McCain-Kennedy: “The Comprehensive Immigration Reform Act of 2006” y “The Comprehensive Immigration Reform Act of 2007”. Estas últimas fueron discutidas y aprobadas en el senado con una multitud de enmiendas, pero tampoco se convirtieron en ley dado la fuerte oposición a la reforma migratoria en la Cámara de Representantes, especialmente por parte del Partido Republicano.

 Durante mi estancia en Washington, el objetivo fundamental de la misión diplomática mexicana fue contribuir a lograr un régimen de migración legal, segura y ordenada, con pleno respeto a los derechos de todos los migrantes y partiendo del principio de una responsabilidad compartida. Así, el diálogo con los actores centrales del debate migratorio en Estados Unidos tuvo una importancia capital en este proceso. Por ello, destaco con profundo reconocimiento y aprecio la generosa disposición de los Senadores Edward Kennedy y John McCain, quienes siempre mantuvieron una política de puertas abiertas y diálogo franco y amistoso con todos los representantes de mi gobierno y del poder legislativo de mi país. 

 Por último quisiera recomendar a todos aquellos interesados en profundizar sobre el debate migratorio en Estados Unidos consultar el sitio web del Migration Policy Institute encabezado por mi amigo, el distinguido académico y especialista en temas migratorios Demetrios Papademetriou 

Nota del 1 de septiembre: Me parece que un buen complemento a esta nota son las palabras con que Carlos Fuentes termina su artículo de ayer en Reforma sobre Kennedy: “Y queda en mi ánimo el recuerdo no sólo de un gran político demócrata, sino de un hombre sonriente, activo, que veleaba con una mezcla de riesgo y seguridad y que gustaba de jugar un fútbol recio y echarse de cabeza a una piscina helada, amén del disfrute de un martini, igualmente frío”.

Como dijera Jesús Reyes Heroles (1921-1985) “en política, la forma es fondo”. Ello viene a cuento por lo sucedido en la V Cumbre de las Américas, cuyos trabajos concluyeron el domingo pasado en Trinidad y Tobago sin lograr un acuerdo unánime sobre la declaración final, pero que fue adoptada por consenso para preservar el clima positivo del encuentro. Este dato no empaña el valor de la cumbre en cuanto a posible punto de arranque para una nueva relación hemisférica, una relación “en la que no hay socios pequeños y socios grandes, sino socios en igualdad de condiciones”, tal como dijo el Presidente Obama durante su discurso pronunciado en la sesión inaugural. En un tono radicalmente distinto a los pronunciamientos de otros tiempos, el mandatario estadounidense reconoció que las promesas de cooperación formuladas por su país en el pasado no fueron concretadas y que Estados Unidos solía tratar de imponer los términos de la relación continental.

Así, conforme al refrescante nuevo estilo de la diplomacia norteamericana (ver “el fin de la arrogancia”), Obama puntualizó: “tenemos muchas diferencias respecto a muchos temas, pero en la medida en que podamos ser respetuosos de las reglas democráticas, podemos encontrar lo que tenemos en común”. Se cierra así una cumbre que algunos medios calificaron como parca en resultados específicos y “repleta de apretones de manos y buenas intenciones”. Aún desde ese punto de vista, cabe admitir que ello es un logro importante, sobre todo si se recuerda el enfrentamiento con el que concluyó hace cuatro años la Cumbre de Mar del Plata. En todo caso, se cierra un capítulo de las relaciones entre América Latina y Estados Unidos marcado por la desconfianza de unos y la indiferencia de otros, como sucedió durante los últimos ocho años.

Falta ver si las buenas intenciones se concretan pero no puede negarse que el cambio de estilo en la diplomacia norteamericana ha sido bienvenido y saludado por todos los actores políticos de la región, independientemente de sus posiciones ideológicas. Como dice acertadamente el reportero del diario El País: “como ocurrió tras su gira europea, Obama pisa un terreno peligroso, una política exterior blanda con la que corre el riesgo de ser criticado en su país por poner en peligro los intereses nacionales, una política que, sin embargo, él defendió como la más adecuada en estos momentos para resucitar el liderazgo estadounidense”. Así, Obama sembró una semilla de reconciliación que fue bien recibida por todos y que augura una nueva era de diálogo en nuestro continente. Un gesto que nos recuerda la importancia de las buenas maneras tanto en diplomacia como en política, es decir que la forma es fondo.

 

No cabe duda que las declaraciones realizadas por la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, durante su reciente visita a México, reconociendo la corresponsabilidad estadounidense frente a la violencia y estragos causados por las organizaciones criminales que se dedican al tráfico de drogas entre ambos países, constituye un giro de 180 grados en el estilo y las formas de la diplomacia norteamericana. Esta y otras señales igualmente positivas desde Washington presagian una nueva era de colaboración bilateral reforzada frente al narcotráfico. En este contexto, vale la pena leer la transcripción de la entrevista que el Presidente Obama realizó en el programa televisivo Face the Nation, así como el artículo firmado por el Senador John Kerry en Los Ángeles Times: Mexico’s war must be our war. Todo ello forma parte de un nuevo y saludable estilo de hacer diplomacia por parte del nuevo gobierno norteamericano y cuyos efectos se observan en todas las latitudes, sea en Teherán, Beijing, Moscú o Bruselas. Un giro que, en Francia, Jean Daniel, el prestigiado periodista e intelectual que dirige el Nouvel Observateur, ha llamado “la fin de la arrogance”.